El Que Te Pone Las Luces

Memorias de un iluminador novato

En mi vida he presenciado cientos de recitales en Tucumán, pero no fue sino hasta hace muy poco que comencé a prestar atención a la función ambientadora de las luces. La puesta de luces y su manejo contribuye enormemente a la calidad de “producto final” de un concierto. Estamos tan acostumbrados a encontrar siempre las estrafalarias luces en los recitales, que como espectadores medios nunca reparamos en ellas. Pero en cambio sí se evidencia demasiado cuando estas luces faltan, son insuficientes o han sido dispuestas sin criterio.

En el ambiente “under” del rock y metal la iluminación deficiente es muy frecuente, como todos sabemos. Cuando asistimos a este tipo de eventos, hemos previsto la cantidad de carencias que encontraremos, y no nos sorprende constatarlo. Justamente, de eso se trata, y el espacio “marginado” o “de bajo presupuesto” cumple una función vital, dando el primer empujón a muchas bandas o disponiendo el espacio de difusión a varias otras.

 

Desde hace poco más de un año, me he iniciado en el manejo de puesta de luces, con Saulo Producciones. Nunca presté tanta atención a una banda como cuando fui encargado de la iluminación. La responsabilidad del iluminador es interpretar aquellas emociones que transmite la música y traducirlas o acompañarlas mediante el manejo de las luces. Pero hay dos problemas principales, uno derivado del otro: el primero es que en la mayoría de los casos el iluminador nunca escuchó, o no tiene memorizadas las canciones que se interpretan. El segundo problema: Todo es en vivo y en directo.

Es curioso, pero para superar estas contrariedades ayuda mucho ser cineasta y músico.

Como cineasta, el trabajo al manejar las luces es muy similar al de edición de un clip musical, en el sentido que se debe definir una determinada escena para una situación musical dada, pero descontando la posibilidad de reflexión y cálculo de la que disponemos en una sala de edición.

Como iluminador, uno casi se transforma en un músico más de la banda, manejando el instrumento lumínico, ya que no el sonoro. Siguiendo el tempo, marcando los compases, adivinando si ahora la canción explotará hacia arriba con la doble masa, o caerá en un paréntesis atmosférico.

Aferrando la mirada al baterista, atisbo cada uno de sus movimientos, esperando el momento en que eleve las baquetas para descargar toda su energía contra los toms, o aguardando a que cambie levemente la orientación de su cuerpo para avocarse a otra sección de su armado. Porque el manejo de luces requiere una precisa sincronización con la música, con sus compases, con su ritmo y con su emoción. Sigo el ritmo minuciosamente, contando los compases. Los destiempos y cambios inesperados son una condena. Los imprevistos eléctricos y huelgas robóticas son la muerte.

Finalmente todo sale bien. Los músicos terminan contentos, y solo sus palabras inesperadas de reconocimiento tendrán la capacidad de aprobar el trabajo con las luces. El iluminador ha metido varios goles esa noche, y también cometido varias faltas. Y como siempre los imprevistos que obligaron a pilotear.

La iluminación aporta directamente al producto final que uno, como banda, desea lograr. Tanto en tu recital, como en tu video, el iluminador será aquella noche un miembro más de la banda. Disponer de una buena comunicación entre músicos y operador puede resultar fabuloso. ¡No olvideis!

 

Buenas Noches.

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